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lunes, 14 de octubre de 2013

Estudiar Agronomía en la República Dominicana

Este año dos mil trece, el Día del Agrónomo encontró en la República Dominicana un país lleno de esperanzas para el sector agropecuario y medioambiental. Luego de un período poco promisorio que provocó el cierre de algunas escuelas de agronomía y el desinterés por la carrera (debido entre otras causas a la baja remuneración y el poco incentivo a las actividades del área), la profesión de los gestores del campo muestra un nuevo realce que se evidencia en un mayor número de estudiantes en las escuelas agrícolas y un mayor interés de los jóvenes en elegir esta carrera y continuarla hacia estudios superiores.
La Escuela de Agronomía del Instituto Politécnico Loyola (IPL), que el sábado 26 del presente mes de octubre graduará 25 nuevos profesionales, ha llegado este año a la mayor matrícula del Bachillerato Técnico en Producción Agrícola en toda su historia, alcanzando un total de 124 estudiantes al inicio del primer semestre del año escolar 2013-2014. Ofrecerles una formación de calidad ha representado un reto que el personal académico del área ha asumido con mucha satisfacción y compromiso, convencidos del rol que desempeña la educación en el desarrollo de una sociedad.
La actual administración del Estado ha expresado su interés en promover la producción nacional y para ello ha tomado algunas medidas importantes. La apertura del Programa de Formación de Recursos Humanos para el Relevo Generacional en el Sistema de Investigación  Agropecuaria y Forestal, que facilita estudios de pregrado en el país y de postgrado en el extranjero para la posterior inserción de los profesionales a dicho sistema; los programas de becas para estudiar en la Universidad ISA y en la UASD; la nueva relación con las organizaciones de productores en las diferentes regiones del país y el aviso de aumento salarial para el próximo año son esfuerzos que pueden reconocerse en favor del sector agropecuario, sobre todo al analizar el aparente divorcio que con el mismo han tenido los últimos gobiernos.
A pesar de estas medidas, en el sector existen aún muchos desafíos y retos por enfrentar y superar. Las tecnologías de producción están todavía lejos de ser desarrolladas a partir de las condiciones locales y con un enfoque basado en la eficiencia (económica y ecológica). La cadena de valor agroalimentaria tiene muchas deficiencias, tanto en el eslabón productivo como en los de procesamiento y distribución hasta la llegada de los productos a manos del consumidor final. La agricultura dominicana ha crecido bajo modelos que distan de considerar su relación con el entorno natural desde un enfoque sistémico. Una población creciente no sólo ha sustituido en procesos de urbanización gran parte de los terrenos de vocación agrícola, sino que también ha aumentado significativamente la demanda agregada de los productos agroalimentarios y sus derivados. Las facilidades del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y Centroamérica usualmente permiten el ingreso de productos a bajo precio que bien podrían ser generados en el país con esfuerzos por mejorar la eficiencia aprovechando ventajas comparativas. La calidad de los suelos se ha reducido debido a la sobreexplotación y la erosión ha disminuido al mínimo la capa fértil en los suelos agrícolas, sobre todo en las zonas de ladera. Los efectos del cambio climático como consecuencia de las actividades humanas se reflejan en la desertificación de los suelos, aumento de las temperaturas y variación de los regímenes de lluvia que tienen efectos directos sobre la producción agropecuaria. Mientras tanto, una generación de agrónomos, activa en otros tiempos, se encuentra ocupando de manera pasiva las mismas posiciones a espera de ser auxiliada por planes de pensión y sustituida por sangre nueva colmada de sueños y energía. 
Hacer frente a esta situación requiere de mucha voluntad por parte de los tomadores de decisiones a escala nacional y de una nueva generación de profesionales conscientes de las principales necesidades del sector, con la amplia mentalidad innovadora de generar los cambios requeridos para un repunte de la agricultura nacional. En estas transformaciones, los nuevos agrónomos tendrán muchas oportunidades para actuar gestionando de manera activa la viabilidad, sostenibilidad y competitividad del sector agropecuario y medioambiental. Es un esfuerzo que vale la pena por parte de aquellos profesionales que directa o indirectamente benefician a la población al menos tres veces al día.

Cristino Alberto Gómez
13 de octubre del 2013

viernes, 19 de abril de 2013

Seguridad Alimentaria e Inocuidad de los Alimentos

Cristino Alberto Gómez
(Artículo publicado en la Revista Ingenium No. 2, Abril 2013)

Uno de los mayores desafíos para un pueblo en los esfuerzos destinados a mejorar la calidad de vida es la seguridad alimentaria, considerada un elemento central para la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales. El hambre y la desnutrición limitan las posibilidades de salir de la pobreza puesto que reducen la capacidad de las personas para aprender, cuidar de sí mismos y de sus familias y trabajar en la conquista de sus metas de vida.

La seguridad alimentaria se refiere al acceso en todo momento a los alimentos en cantidad suficiente y con la calidad necesaria para suplir las necesidades nutricionales y llevar una vida sana y activa. Esto implica: que existe la cantidad apropiada de los alimentos, que la oferta de los alimentos en su diversidad se mantiene durante el año, que las personas pueden acceder a ellos y que los mismos son de alta calidad y saludables.

Se habla del concepto de inocuidad alimentaria, que a veces se confunde con el de seguridad alimentaria. En inglés existen los términos “food security” y “food safety”. Aunque ambos parecen traducibles como “seguridad alimentaria”, el último corresponde precisamente a la inocuidad alimentaria. Un alimento es inocuo cuando consumirlo es seguro y no causa enfermedades.

De acuerdo con la organización Mundial de la Salud (OMS), de las enfermedades conocidas más de 200 se transmiten a través de los alimentos. Cada año mueren 1,8 millones de personas por enfermedades diarreicas,  casi siempre atribuibles al consumo de agua o alimentos no saludables.

Las actividades encaminadas a garantizar la inocuidad de los alimentos inciden sobre toda la cadena alimentaria, desde la producción hasta el consumo. La OMS propone cinco claves que las familias pueden utilizar para promover la inocuidad de los alimentos a nivel del hogar:

1)  mantener la limpieza (lavarse las manos y mantener desinfectada el área y los equipos),
2)  separar alimentos crudos de los cocinados,
3)  cocinar completamente (que todas las partes alcancen 70°C),
4) mantener los alimentos a temperaturas seguras (fuera del rango entre 5 y 60°) y, finalmente,
5)    utilizar agua y materia prima seguras (agua tratada, productos sanos y frescos, leche pasteurizada).

A escala más amplia se implementa el Análisis de Riesgos y Puntos Críticos de Control (HACCP, por sus siglas en inglés), mediante el cual se pretende identificar, controlar y prevenir los factores de contaminación física, química o biológica a través de toda la cadena de suministro de los alimentos.

La inocuidad es, sólo uno de los aspectos a considerar para la seguridad alimentaria, cuyas medidas se pueden desarrollar a diferentes niveles, desde el establecimiento de huertos diversificados hasta las estrategias globales para la seguridad y soberanía alimentaria de los pueblos.

Ante el aumento creciente de la población humana, cuyas necesidades y avideces también incrementan cada día, diversos esfuerzos en principio visualizados como medios de solución a los problemas de seguridad alimentaria, como ha sido la Revolución Verde del siglo XX, lejos de contribuir a la seguridad alimentaria de los países más desventajados han perpetuado las condiciones de pobreza al generar alta dependencia de insumos externos para los agroecosistemas y al difundir la agricultura extensiva en relego de las pequeñas explotaciones agrícolas. Las principales medidas han estado orientadas a elevar la tecnología de producción a manera de generar más alimentos con menos recursos económicos, pero el poco acompañamiento con estrategias de gobernanza que permitan mejorar sobre todo el acceso a los alimentos y a que los mismos sean saludables ha representado una debilidad cuyo reto de superación sigue vigente. El desarrollo de Organismos Genéticamente Modificados (OGM) a través de la ingeniería genética, que suele presentarse como una nueva solución a la inseguridad alimentaria, no sólo va en la misma dirección que la Revolución Verde, sino que adicionalmente es controlado por las mismas compañías que se han beneficiado de la misma y cuyo interés primordial en la práctica dista de lo entendido como seguridad alimentaria. 

A pesar de las debilidades del proceso, los países se muestran en el interés de enfrentar seriamente el tema de la seguridad alimentaria. El lunes 11 de febrero de 2013, durante una reunión de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) se propuso que la seguridad alimentaria sea uno de los ejes centrales de la agenda global de desarrollo para los próximos años.

Debemos recordar que los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) se establecieron para un término de 25 años que se cumple al año 2015, si bien los esfuerzos de los países han sido insuficientes para alcanzar las metas que definirían su alcance, hoy a dos años del plazo previsto. El primero de los ODM es precisamente la erradicación de la pobreza extrema y el hambre, cuya primera meta es la reducción a la mitad de la proporción de personas que viven con hambre, entre 1990 y 2015. Durante los días del 23 al 27 del mes de abril de 2013 se realizará en Guatemala un foro mundial con representación de más de 80 países, el cual versará sobre el acceso a la tierra y la seguridad alimentaria.

De estos y otros esfuerzos a diferentes escalas se espera la concretización de proyectos novedosos que en la práctica permitan, poco a poco, de comunidad en comunidad, superar los retos de seguridad alimentaria, que a su vez muestran ser más efectivos cuando parten desde lo local, allí donde se sienten las necesidades y donde sus causas no resisten la prórroga en la implementación de acciones puntuales y coherentes.